jueves, 7 de junio de 2012
El puente
Ernst Ludwig Kirchner, Bañistas en la playa, 1913. Berlín, Staatliche Museem.
KIRCHNER, desde el 26 de mayo hasta el 2 de septiembre de 2012. Fundación MAPFRE, Madrid.
jueves, 31 de mayo de 2012
La nueva fe
viernes, 27 de abril de 2012
Las meditaciones de San Juan Bautista
Con el punto de mira puesto en la exposición que el Noordbrabants Museum de Hertogenbosch dedicará a El Bosco en 2016, en el quinto centenario de su muerte, el Bosch Research and Conservation Project está llevando a cabo desde hace más de un año un importante trabajo de investigación coordinado por Matthijs Ilsink y cuya finalidad es conocer la obra de El Bosco hasta el más mínimo detalle, analizando nuevamente medio centenar de obras que podrían aportar novedades en la interpretación de la obra del pintor de ´s-Hertogenbosch. Pues bien, una de estas obras se encuentra en Madrid, en el Museo Lázaro Galdiano, que ha dado recientemente a conocer algunos estudios que se vienen realizando sobre Las meditaciones de San Juan Bautista.
La pintura, que se encuentra en la colección Lázaro Galdiano desde 1913, responde obviamente a la demanda de imágenes hagiográficas que era común en la Baja Edad Media y que estaban presentes de manera cotidiana en la vida religiosa y familiar; sin duda más cercanas a la gente que las propias personalidades de Cristo o la Virgen. A nivel general, y sin pararnos mucho, la obra nos acerca a la enseñanza moral del fraile José de Sigüenza, allá por 1605, quien dijera que el hombre puede alcanzar la salvación olvidando las tentaciones terrenales. Cronológicamente se sitúa próxima al San Jerónimo de Gante y al San Juan en Patmos de Berlín, entre 1485 y los primeros años del siglo XVI, anteriores siempre a El Jardín de las Delicias.
lunes, 9 de abril de 2012
El caballo en movimiento
El tráfico normal de los sucesos -o de los no sucesos-, ese estado en el que ocurre algo por inercia, porque debe de ser así, imposibilita nuestra conciencia de una situación cambiante. Es únicamente en este estado "ingrávido" dado por la experiencia, en el que adquiere vigencia lo pasado, donde cobra vida la probabilidad de lo posible. La mano, así, se adentra en el agua y las ondas se expanden para mostrar, solo en ese instante, clara la roca y la orilla. El misterio que maravillaba al ojo se rompe y el espíritu adquiere un tono grave, sobreviniendo la tristeza.

Jean Louis Théodore Géricault, El Derby de Epsom, 1821. París, Museo del Louvre.
sábado, 24 de marzo de 2012
The last picture show
miércoles, 21 de marzo de 2012
La exposición como aparato de Estado
Paul Valery, El problema de los museos.
Aby Warburg, Panel del Atlas Mnemosyne, 1925-1929
miércoles, 22 de febrero de 2012
0.10. La última exposición futurista
0.10. La última exposición futurista, sección suprematista de Malevich, 1915, Petrogrado.
lunes, 2 de enero de 2012
Y en esta soledad, Friedrich, decía David d´Angers, “descubrió la tragedia del paisaje”
Caspar David Friedrich, El Chasseur en el bosque, c. 1813-1814. Colección particular.
sábado, 31 de diciembre de 2011
Beaucoup effet
Delacroix (1798·1863), del 19 de octubre al 15 de enero de 2012, CaixaForum Madrid.
miércoles, 10 de agosto de 2011
La gran noche
I.
“En el frente, no puedo escribir de otra forma, fundamentar mejor y con mayor prolijidad”.
Der hohe Typus (El tipo Elevado), un texto escrito por Franz Marc en el otoño de 1914, estando ya movilizado por el ejército alemán en Alsacia, habla de la necesidad de librar una lucha para la conformación de un nuevo hombre europeo, algún tiempo antes de afrontar la escritura de su serie de aforismos Das zweite Gesicht (La segunda Visión). En El tipo Elevado, Marc aceptaba y deseaba el final de un determinado hombre para provocar así un desequilibrio externo de la circunstancias que llevarían al surgimiento de un nuevo individuo. De esta forma, la guerra, cultivada por poetas y pintores, se conformaba como una nueva esperanza que buscaba como ninguna otra cosa el fin de unos valores burgueses imperantes en la cultura, de toda su decadencia, dando paso a un nuevo orden artístico y social.
II.
Las masas vienesas de Los Últimos días de la humanidad destilaban ferviente deseo de confrontación vitoreando el desfile de los soldados en el Paseo de Ringstrasse. El buen sabor que la última gran contienda alemana proporcionaba en sus habitantes, olvidados por la época de paz, cierta sensación de nostalgia. “Avanzar a cualquier precio –dice Marc- como una gran corriente, que arrastra consigo todo lo posible e imposible, confiando en su fuerza purificadora”. La guerra purificaba. Era un enorme proceso de muerte que afectaría al burgués mismo y a los valores administrados por él, anclados en la sociedad desde tiempos remotos. Máscara, conciencia engañosa de un orden, que no podía ya ocultar la ausencia de todo vínculo originario, la falta de toda libertad. El “pseudoarte” debía ser extinguido mediante la guerra y sustituido por un sentimiento que encontrase la importancia no en las cosas mismas, sino en las fuerzas que las generan, “situarse más allá de lo casual, en la certidumbre interna de las cosas”. Las posibilidades dadas por el espacio conocido estaban agotadas hasta sus últimos extremos por lo que se hace indispensable empezar desde cero. Y no existe duda alguna al respecto de que no hay un momento más propicio para el surgimiento de estas cualidades que la guerra. O al menos Marc no la tuvo: “si de esta guerra no surge ningún poeta ni música alguna, es que no los hay en absoluto”, escribió a su mujer, María.
III.
Se trata de la destrucción que precede a la voluntad de forma y que Marc cree perdida, “no se remienda un vestido viejo con un trapo nuevo; se vuelve a romper, y ese roto es más irritante que el anterior”. La guerra entra, pues, en acción como un deus ex machina para purificar la escena europea. Pero sus máquinas, su ciencia, la causa de su progreso, trabajaron “au détriment de la religión”. Sacaron desde el interior el mayor de sus miedos, el fin de su capacidad crítica inherente a su condición de persona. La manera en la que se presenta la guerra, la alteración de los modos de combatir, esta nueva lucha en la que el hombre se quita de encima a sus enemigos sin riesgo personal alguno, provoca la reminiscencia de aquella otra manera heroica, muscular, que orientaba la educación de los jóvenes. “Nadie advirtió los primeros síntomas –narraba Jünger en Sobre los acantilados de mármol-. Cuando corrieron rumores de tumultos, pareció que en la Campaña se reavivaba el viejo espíritu de venganza, pero enseguida se supo que aquellos actos de violencia estaban ensombrecidos por unos rasgos tan nuevos como insólitos. Se fue perdiendo el fondo de honor bárbaro que hasta entonces había atenuado la violencia, y no quedó más que el simple crimen”. Y es la educación de éstos, de los jóvenes, la verdadera luz del ámbito que se abre, pues legitima que la educación de un niño sea dirigida en función de que una acción violenta pueda ser más moral que otra; a saber, “una pelea a manos limpias aventaja en un grado de honor al asesinato con alevosía”(Karl Kraus). La capacidad de discernimiento del hombre se ve alterada por su voluntad de poder, por su voluntad de técnica. Pierde de vista su fin porque, en este punto, no tiene fin al que llegar. Su finalidad se confunde con la de la técnica, que no es más que la propia técnica. De la misma manera que la técnica no busca su utilidad, sino su supervivencia, el hombre olvida el origen de su conflicto para alcanzar el mayor grado de acción posible, de destrucción posible. Una vez dentro, el fin de estos artefactos, “grisáceo ratón como animal-emblema de la guerra moderna”, no es tanto el de salir victorioso como el de arrasar la mayor cantidad de lo que sea.
IIII.
Los avances técnicos habían propiciado la disolución de las masas de combatientes. El movimiento comienza a ser paralizado por una extraña sensación de torpeza consciente de la fuerza gravitatoria que adquiere el fuego. Los soldados no se atreven a traspasar esa línea de llamas invisible, vigilada constantemente desde algún lugar. La inutilidad de batirse con el adversario en campo abierto provoca en el soldado, en medio de este remolino, un estado de destrucción masiva preventiva. Incluso, en los momentos de no confrontación, los combatientes se lanzaban artefactos explosivos para evitar la relajación total de sus contrincantes.
V.
En este “vacío humano” que definió Jünger, espacio entre trincheras, donde “nos matábamos sin vernos” el hombre pierde su clarividencia en el sentido más estricto de la palabra, deja de ver claro. Y de actuar claro. Sus reacciones dejan de ser consecuencia lógicas a una acción. Pierde su capacidad lógica de respuesta. Como a los habitantes del Reino de los Sueños en la novela de Alfred Kubin, tras la muerte de Patera, el habla se les hace trémula, las referencias temporales se disipan y cada una de las formas se funde con el sórdido ambiente. Pierden su capacidad de intuición. Como consecuencia de ello, y solo en ese preciso instante, el protagonista de La otra parte adquiere una desconocida habilidad, “Ya no veía todo aquello con mis ojos, no… ¡no!: me había olvidado de mí mismo al diluirme en esos microcosmos, compartiendo el dolor y la alegría de una gama infinita de seres. Una serie de extraños e indescriptibles enigmas me fue entonces revelada”.
VI.
Marc, entonces, lo ve claro. Conejos, de ojos rojos, dando brincos. Lo llamó “El temblor del conejo”. En un mundo en vibración el conejo salta, danza, intentando ser presa del soldado que está en la escollera, relacionarse con él a través del abismo físico que les separa. -¿Cuál es mi esencia? -, pregunta. Pero su entendimiento ha de darse sin más, no debe ser jamás planteado, su solo intento de conquista lo reduce a nada. El sujeto debe percibirlo sin ser consciente de ello, no ha de prepararse para esta visión, de hecho, no es una facultad reservada a personas especialmente dotadas, sino que se presenta de improviso. De manera que “cuanto más se obstina en dirigir la flecha de forma tal que dé en la diana, tanto menos conseguirá su objetivo”, explicaba Máximo Cacciari en Hombres póstumos. Nada puede ser controlado en las cercanías de este terreno, que tanto se parece a un pantano y que está destinado a ser el inicio de todo. Pantano, lugar inhóspito como ningún otro pero generador, al tiempo, de millones de seres. Se buscaba, parece, llegar al pantano, al gran charco –charco rojo sobre un fondo azul que dijera Matisse de sus cuadros- para alcanzar una tierra nueva. Existía la necesidad de transitar obligatoriamente por un periodo de penuria antes de llegar a tan ansiado final. A Perla se llegaba a través de largas jornadas por un desierto sin vida.
VII.
Algún tiempo después, caído su tótem, Perla resultaría asfixiante, acuciada por una interna e incurable enfermedad, que es compartida por aquella otra región conocida como la Marina, salvada in extremis por víboras que surgían desde el mármol quebrado del suelo. Aquellos dogos rojos, creados artificialmente, solo claudicarían ante las serpientes, movidas al compás de un plato y un tenedor de metal. La salvación del hombre pasa por los animales. Víboras, gallinetas… conejos de ojos rojos. El ambiente de Perla y de la Marina se convierte, en el imaginario general, en las batallas del Somme y de Verdún. Allí solo había barro, fuego, humo, gritos en la niebla.
Alfred Kubin, Kosaken, 1918. Zürich, Galerie Gerhard Zaehringer.
sábado, 30 de julio de 2011
Blanco de Zinc
sábado, 11 de junio de 2011
De pura nada
John Constable, Tempestad frente a la costa de Brighton, c. 1824-1828. Royal Academy of Arts de Londres.martes, 3 de mayo de 2011
domingo, 1 de mayo de 2011
Mirar muy de cerca
Desde fines de la década de los treinta parece que fue así, que la representación del paisaje fue ganando terreno en su pintura y que ésta se fue haciendo cada vez más material en su intención de dar a conocer la tierra. “Casi todos se fueron después a París, menos Benjamín Palencia y yo”, llegó a decir en alguna ocasión Alberto Sánchez, y se quedaron ni más ni menos que “con el deliberado propósito de poner en pie el nuevo arte nacional”. Para ello, claro, era necesario conocer el medio antes, como si una cosa llevase a la otra. La tierra se debía reflejar con tierra; y después vendrían los surcos. Testigo de lo agreste de la naturaleza, de su dureza esencialmente castellana, fijando fuertemente los contornos sobre un cielo que no respira, no por nada en especial, sino simplemente porque no tiene espacio, porque el paisaje le ha dejado sin él. A base de mucha pasta, tanta que huele. Oler hasta trascender, o, lo que es lo mismo, mirar muy de cerca.
Benjamín Palencia, Piornos en flor, 1951. Museo de Bellas Artes de Bilbao
BENJAMÍN PALENCIA 1894-1980. Del 29 de marzo al 21 de agosto de 2011. Museo de Santra Cruz, Toledo










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